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La lluvia me tenía ausente, mi mente no podía más que seguir el recorrido de las gotas de agua en el cristal. Lentamente, el dibujo que se iba formando, casi por azar, me recordaba a ti, y no creo en las casualidades. Cada rio en miniatura de mi ventana, me evocaba una escena de mi vida, ya pasada y, porque no, olvidada. El vidrio se estaba convirtiendo en el tapiz de mi existencia, y yo, apático y cansado, era un lector apoyado en el brazo del sillón, mirando sin mirar. Realmente no recuerdo en qué momento dejó de llover, pero las gotas seguían dibujándote, y yo, lentamente me perdía más y más en mis recuerdos, aquellos que te pertenecían.

Quizá fuese el ritmo armónico que estaba tomando la situación, o por el increíble silencio que sentenció el fin de la tormenta, pero caí en un profundo sueño, repleto de (tus) caras.

Cuando desperté, estaba en mi cama. No recuerdo en qué momento de la tarde decidí irme a la cama, o si quizá tú, escapándote de mis sueños, me llevaste con cuidado al lecho. Pero nada más despertarme, me inundó un súbito deseo de, al darme la vuelta, encontrarte a mi lado, descansando plácidamente, como tantas veces te he soñado. Sin embargo, al girarme, solo encontré pared, y un frío hueco que solo has ocupado en sueños.

Pero desde entonces estás en cada gota, y en cada sueño. Una obsesión, y un deseo. Unas cadenas para mi corazón, y una alegría para mi alma. Por eso te sueño, y me esfuerzo cada mañana en retener lo vivido en el limbo, en el océano de morpheo, donde te veo feliz, conmigo, donde soy feliz, contigo…

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