“Cruzando al otro lado I”

- “Los muertos no necesitan aspirina”, menuda gilipollez… – Y apagó el monitor – ¿Y qué nos tomamos cuando nos duele la cabeza?

- Son unos pobres ignorantes, Marco.

- El día menos pensado se van a enterar esos sangre caliente…

- Ya conoces las normas, nada de pasar el velo al otro lado. Solamente…

- Solamente se nos permite visitar la tierra de los vivos la noche de Halloween, hasta antes del amanecer. – Le cortó Marco – Ya lo sé, Julius, me conozco La Ley. ¿Pero de qué sirve visitarles en Halloween? Tanta televisión les ha vuelto insensibles. El año pasado, sin ir más lejos, me empapelaron con papel higiénico. Anda, volvamos a casa.

Marco apagó el ordenador, y junto con Julius, salió del cibercafé. El mundo aquí abajo no era tan diferente como el de los vivos, todos los cambios que sufría la superficie, también se sufrían aquí abajo, pero de una manera diferente. Todo en el no-mundo era cambiante, los edificios mutaban constantemente, aparecían locales ahí, desaparecían bloques allá. Aunque esto tampoco importaba mucho a los muertos, no tenían la ciudad como su hogar, allí solo iban a pasar el tiempo. Los más recientes pasaban largas horas caminando las calles o los parques que solían frecuentar cuando vivos. Muchos otros solían resignarse y sentarse en el lugar donde murieron, los hospitales parecían verdaderos manicomios. Pero la gran mayoría se quedaba en El Paso, el lugar donde habitaban las almas que habían aceptado su muerte.

Julius y Marco llegaron a la gran puerta, la que servía de puente entre el no-mundo y El Paso.

- Este Halloween será diferente, Julius. – Iba diciendo Marco mientras ambos cruzaban la puerta. – A ver si consigo abrirles la mente a los de allí arriba.

- ¿Qué piensas hacer? Ya sabes que ese día pasamos desapercibidos.

- Siempre puedo esperar al siguiente.

- Si la luz del sol te toca te destruirá, Marco.

- Solamente tengo que ocultarme en algún lugar oscuro hasta la noche, un sótano, una cochera, cualquier lugar oculto del sol.

- Pero La Ley dice…

- Sé exactamente lo que dice La Ley, Julius. – Le cortó. – Y en ningún sitio nos prohíbe quedarnos allá arriba.

- Como se enteren aquí abajo, te llevarán al Purgatorio, y a mí también, por ser amigo tuyo. No hagas ninguna tontería, por favor. Mira, el próximo Halloween nos quedaremos aquí, jugando al póquer o viendo la televisión. ¿Vale?

Pero Marco no contestó a su amigo, en cambio, siguió andando en dirección a la ciudad de El Paso. Esta ciudad sí que era diferente. Los edificios parecían a punto de caerse, por su arquitectónica rocambolesca y aparentemente inestable. Todo parecía sacado de una película de Tim Burton. El humo de las chimeneas era de múltiples colores, y las calles estaban muy animadas. Las almas que habían decidido desprenderse de todo cuerpo material flotaban de un lado para otro, mientras que el resto paseaban, se saludaban, y llevaban una vida más o menos parecida a la de los vivos. En este lugar Julius y Marco vivían en el hotel Palacio de las almas, el único hotel de El Paso.

- Hola Candice – Marco se dirigía a la recepcionista. – ¿Algo nuevo por aquí?

- Nada, Marco, nada. Esto está muerto hoy. – Y se rió de su propia gracia. – ¿Qué tal por el no-mundo?

- Irritado que vengo. Estuve en un cibercafé, navegando un poco. ¿Pues no voy y leo en un foro la siguiente frase: “Los muertos no necesitan aspirina”? ¿Te lo puedes creer? – Dijo negando con la cabeza. – Los del otro lado no tienen ni idea de cómo son las cosas cuando llega el final, ¿eh?

- Unos ignorantes, Marco, todos unos ignorantes.

- Algún día cambiará eso, tenlo por seguro. Danos la llave de nuestra habitación.

Candice les entrego la llave de la habitación 513. En este hotel, todas las habitaciones tenían el número trece. Julius y Marco entraron en la habitación, y este último se dejo caer redondo en la cama.

- Pásame una aspirina, Julius. La cabeza me va a estallar. – Dijo Marco desde la cama, con una voz ahogada por la almohada.

El 31 de Octubre llegó inesperadamente. Ya habían pasado varias semanas desde esa conversación entre Marco y Julius, y esté albergaba la esperanza de que Marco hubiera desechado la idea de quedarse en el otro lado. Los dos estaban en la cafetería del hotel, donde se podía notar el revuelo, sobre todo entre las almas más recientes, que ansiaban ese día para ir a visitar a los suyos.

- Hoy es el gran día, Julius. Cuando me veas cruzar el velo esta noche, desapareceré de aquí por una temporada.

- ¿Pero aún sigues con eso? ¿Por qué no lo dejas? No te traerá nada más que problemas este acto de rebeldía.

- Alguien tiene que mostrarles la realidad, ya va siendo hora.

- ¿Y qué pasa si quieres volver? El velo solo se rompe la noche de Halloween.

- El velo está hecho para que nosotros no salgamos, no para que no entremos. Seguro que encuentro alguna manera de volver. – Se podía ver la emoción en la cara de Marco.

Cuando llegó la hora, la plaza más concurrida de El Paso estaba abarrotada de muertos y almas, esperando a que se produjese la rotura del velo. Todo estaba envuelto en un silencio sacro, y las miradas de todos los que aún conservaban alguno de sus ojos estaban expectantes. Y de repente, con el sonido del rasgar de una sabana, apareció una brecha en mitad del aire, desde la cual se podía ver el otro lado. Todos comenzaron a atravesarla atropelladamente, entre ellos Marco.

[Continuará...]

© Carlos Domingo Palacios

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